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Voy a comprar factura
Lo decidió durante las noches en que la próstata lo obligaba a sentirse un hombre ya grande para estar pasando penurias, mientras esperaba que las últimas gotas de orín remolonearan para ir desprendiéndose lentamente desde sus riñones y llegar como lagrimas al agua del inodoro. Mientras esto pasaba pensaba que ya era grande para que lo pasaran como si fuera un gil de cuarta, grande para que tener que empezar desde abajo en un negocio tan duro como el transporte de pasajeros. Mientras se secaba con cuidado la cabeza del bicho, (la cosa) y se daba cuenta que cada vez lo tenía que buscar más escondido entre los testículos.
Lo decidió contando las gotas imaginando que cada una era una bala de la oscura nueve milímetros que durante tantos años había llevado en el auto, en el sobaco, en el portafolio. Se había encariñado con ella, por eso la hacía trabajar cuando salía por los campos cercanos contra árboles y comadrejas. Después la limpiaba dentro del auto para seguir viaje más aliviado y seguro.
Lo decidió porque estaba seguro que le habían hecho una cama entre los seis socios, simplemente una acostada más dentro de la empresa, ya había habido tantas...
Ahora que la cosa pintaba mejor, pensaba mientras volvía a la cama, después de haber aguantado el chubasco de la crisis, después de haberle puesto el cuerpo al arreglo con las mafias y así pudo cortar el choreo en sus líneas de colectivos, después de toda la matufia que tuvo que hacer para bajar la deuda impositiva, después de todo eso lo habían rajado con un magro acuerdo económico. Tan tacaño como su poronga reticente para entregar los restos de orina. Era tan poca la guita y tantos los requerimientos familiares. Cinco pibes acostumbrados a una vida que se les iba cambiando día a día, con una mujer que estaba alterada de los nervios desde la debacle laboral.
Tan mal estaba Rosa que él se iba a la terminal para hacer que trabajaba así la dejaba tranquila y de paso se distraía. Se entretenía en el mismo lugar donde había pasado muchas horas de su vida puteando y soñando que lo mejor era irse a pescar o de caza. Claro que allí, entre mate y mate, le empezó a rondar la idea de controlar, sin que nadie se diera cuenta, las recaudaciones de los quince colectivos que iban y venían por todo Grand Buorg. Entre facturas, fútbol y mates iba poco a poco y como quien no quiere la cosa sacándole a los choferes datos de la cantidad de boletos vendidos, de las de vueltas que daban los ómnibus, de lo que los choferes recibían de horas extras. Esto último no lo preguntaba sino que se daba cuenta por lo que los muchachos iban gastando o comprando. Alguno una bicicleta nueva para el hijo, otro la prefabricada para poder mudarse de la casa de los suegros, otro una campera nueva a todas luces muy por fuera de su presupuesto habitual. Con todos esos datos hacía números, su especialidad de tantos años, los mismos le daban muy distinto a lo que le cantaban en la oficina los seis turros reunidos los miércoles de mañana. Día habitual de reunión de directorio.
Hubo varios miércoles en que arrancó de su casa con la excusa de comprar facturas, pero en realidad dentro del auto se quedaba largo tiempo poniéndole y sacándole el cargador a la oscura Parabellum nueve milímetros. En aquellos días lo detenía la convicción de que había que hacer una nueva negociación y que la misma sería la mejor manera de terminar con todo ese asunto sin tanto bardo.
Un miércoles lo llamaron para decirle que no, que la sociedad daba por terminado todo con lo que ya estaba acordado y que ellos estaban cumpliendo lo pautado, así que no había nada más que hablar. Después de la noticia volvió a su casa con medialunas frescas y calientes y con la decisión tomada. No daría vuelta atrás, mientras tomaba mate con Rosa pensaba en la cara de los seis ex socios y se detenía en especial en el tesorero, que fue la voz cantante del grupo, y en el presidente de la sociedad que parecía reírse mientras el otro lo cagaba a él sin piedad.
Al cuarto mate se fue para Marcos Paz y en un campito de un amigo se dedicó a tirar, tirar y tirar con su nueve milímetros, sin sorprenderse mucho confirmo que cuando más enojado estaba más frío se ponía y más puntería tenía. Al otro miércoles le dijo desde el pasillo a su mujer:
-Voy a comprar facturas y vuelvo.
Sin dudar se fue para la reunión de los miércoles en el primer piso de la empresa. No podía sacarse de encima la cara de satisfacción que el tesorero y el presidente tenían cuando lo mandaron de vuelta con el pedido de reajuste del acuerdo. Cuando entró nadie se sorprendió pero si hubo más de una cara de molestia por su presencia. Al primero que le tiró fue a quien ocupaba su lugar: el tesorero. Después pese al desparramo lo buscó al presidente y fue bajando por orden en el escalafón empresario. Dudó un poco cuando le tiró al hijo de uno de los dueños. Pero es que estaba delante del contador y necesitaba ajustar cuentas con este último. Cuando la última de las trece balas de su pistola impactó en el secretario de la empresa se puso la pistola en el sobaco y se dirigió hacia la comisaria
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